“Silvia, el Señor te espera en Perú”.

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Con la maleta repleta de sensaciones, sentimientos, incertidumbre y por qué no reconocerlo, mucho miedo, me disponía a viajar a Layo (Perú) hace dos años. Destino en el que las RSCJ habían manifestado la necesidad urgente que tenían de ser ayudadas en la misión. Sólo con escuchar el proyecto, el corazón me dio un vuelco.
 
Hasta allí, como SIEMPRE me acompañabas Tú. 
Con las manos abiertas de par en par, no sólo para darme la “Bienvenida” sino también preparadas para sostenerme y ayudarme después con la más parte más dura, acoger esta experiencia en su totalidad.

A pesar de haber estado antes en Venezuela, la llegada a mi destino tras haber pasado por Cuzco, Sicuani, fue un choque muy duro con la realidad, no precisamente por el soroche (mal de altura) o el frío.

¡Ay, sí el frío!  manos agrietadas, caritas quemadas, pies fuertemente heridos, agua de la fuente congelada todas las mañanas. A veces se instalaba tan dentro que casi paralizaba y sin embargo ellos, siempre dando ejemplo de fortaleza, esfuerzo y entrega a pesar de las duras condiciones.

Convencida de que no iba a cambiar el mundo lo único que podía era “hacerme” uno de ellos, compartir su vida por unas semanas y, sobre todo, ponerme al servicio escuchando lo que se movía dentro de mí, la voz que me había empujado a decir “SÏ” en esta nueva aventura.

 
 
 
“No temas que yo estoy contigo”.
Como maestra, uno de los mejores REGALOS y a la vez, de las impresiones más fuertes de esta experiencia fue disfrutar allá de la mayor PASIÓN de mi vida:  la Educación.

Dar clase de Religión en las escuelitas de los pequeños poblados, de refuerzo e inglés en casa de las hermanas, y de Geografía e Historia en el CEBA (Centro Educación Básica para Adultos), en el que jóvenes, y no tan jóvenes, como el Señor Pablito, con más de 50 años, se esforzaban en terminar sus estudios con el deseo de progresar, ofrecer mejores condiciones a su familia, cumplir su sueño y estudiar una profesión, recorriendo horas y horas de noche atravesando la montaña, lidiando con el frío, la lluvia e incluso la nieve los peores días, me hizo darme cuenta  de que era a mí a la que le hacía falta aprender muchas cosas.

 
 

Ponerme ante Dios delante de mí misma, releer mi historia con sus luces y oscuridades, reflexionar sobre las etapas de dolor y reafirmar cómo Dios NUNCA ABANDONA, que su obra se va haciendo lentamente y en la sombra, a pesar de que nos empeñemos en que sea de la manera rápida y evidente que tanto demandamos muchas veces.

Transformar la culpabilidad en agradecimiento, por aquello que tenemos y no hemos hecho nada para merecerlo. Por lo que Dios nos da, pero también y quizá mucho más, por lo que nos quita. Por la suerte de haber nacido en ese momento, en ese lugar y en esa familia. Por lo que hemos recibido por el camino y ha condicionado que hoy seamos así y estemos cada uno, sin darnos cuenta, justo en el lugar que necesita.

Y para mí, la lección mas importante, mi asignatura pendiente con Él. Sentir como Dios acepta y ABRAZA mi fragilidad, mi pequeñez, mi inseguridad, mi pobreza, mis dudas, mis heridas… Acariciando mi vida con ternura, desea que sea capaz de mirarme como lo hace Él. No espera grandes cosas de mí, más que me deje AMAR y me abandone en sus manos, que mis miedos me impulsen a poner aún más confianza en Él. 

Por eso hoy sólo le pido que mi corazón NO OLVIDE NUNCA lo que mis ojos han visto, lo que en tierras andinas he vivido y sentido.

Sagrado Corazón de Jesús, en ti CONFÍO.
Silvia 
 
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