La probanista Jeniffer Mutiso rscj relata su viaje a Joigny para redescubrir los humildes comienzos de Santa Magdalena Sofía Barat y el espíritu que sigue inspirando a la familia del Sagrado Corazón.

Hay lugares que no solo cuentan una historia, sino que hablan al corazón. Joigny es uno de ellos. Cuando pisé esta tranquila ciudad francesa, situada a orillas del río Yonne, sentí una invitación implícita a hacer más lento el camino, respirar profundamente y escuchar. Era como si el aire mismo transportara susurros del pasado, de fe, sencillez y amor que una vez florecieron en el corazón de una joven llamada Madeleine Sofía Barat. Había venido en busca de su historia, pero lo que encontré fue algo aún más profundo: un renovado encuentro con la gracia que aún fluye desde sus comienzos.
Cuando llegué a Joigny, sentí como si estuviera entrando en un recuerdo vivo, un lugar sagrado donde el tiempo mismo contiene la respiración. La ciudad era tranquila, con calles estrechas bordeadas de antiguas casas de piedra que parecían susurrar historias de siglos pasados. Sin embargo, entre ellas se encuentra una casa que alberga algo más que historia: alberga el corazón de nuestros comienzos. En esta casa, fuimos acogidas calurosamente por las RSCJ que cuidan con amor este lugar sagrado. Su amabilidad, hospitalidad y alegría tranquila reflejaban el espíritu mismo de Sofía. Compartieron con nosotros la historia de este lugar sagrado, que nos invitó a recorrer el interior, a realizar una peregrinación interior.
Al cruzar la puerta de la casa donde nació Santa Magdalena Sofía Barat, sentí una profunda quietud apoderarse de mí. No era solo una casa antigua, era una cuna de gracia. Cada rincón parecía resonar con la presencia de la joven Sofía, una niña cuyos sueños se formaron en la sencillez, cuya alma fue moldeada con ternura por la fe y cuyo corazón ya se preparaba para una gran misión de amor.
Mientras estaba de pie en su pequeña habitación, me imaginé sus momentos de oración en silencio, su entusiasmo por aprender, sus luchas internas y su creciente deseo de vivir para Dios. La sencillez del espacio me recordó que la santidad a menudo se arraiga en el silencio, en los ritmos ordinarios de una vid . Fue muy emocionante darme cuenta de que de esta humilde casa nació una misión global del Corazón, una misión que sigue tocando vidas a través de generaciones y continentes.
Uno de los recuerdos más impactantes que me quedan de Joigny es la vista de los viñedos que rodean la ciudad. Extendiéndose sobre las suaves colinas, parecen contener el ritmo de la vida misma: silenciosos, pacientes y profundamente arraigados en la tierra. Al contemplar esas hileras de viñas, sentí que estaba viendo una parábola viviente de lo que significa crecer en la fe.

Su tranquila belleza me invitaba a detenerme, respirar y rezar. Pensé en las palabras de Jesús en Juan 15: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos… Permaneced en mí, como yo permanezco en vosotros».
Allí, entre las viñas, sentí que algo se removía profundamente en mi interior; un recordatorio de que mi propia vida, al igual que estos viñedos, es un lugar donde Dios sigue trabajando en silencio y con fidelidad. Las viñas hablaban de poda y crecimiento, de paciencia y fructificación. Me sentí invitada a permanecer arraigada en Cristo, a confiar en la obra de Dios en mí y a dejar que su amor diera fruto a través de la sencillez de la vida cotidiana. Allí de pie, comprendí por qué Jesús hablaba a menudo de viñas y sarmientos. La viña nos enseña que el crecimiento lleva tiempo, que la fecundidad solo llega después de la poda y que cada sarmiento debe permanecer unido a la vid, a la Fuente de la vida.
La visita a Joigny no fue solo un viaje, sino una peregrinación del corazón. En ese lugar sagrado donde la gracia echó raíces por primera vez en Santa Magdalena Sofía Barat, redescubrí la fuerza serena del amor que todavía nos llama, a cada una a su manera, a dar a conocer y amar el Corazón de Jesús.
Jeniffer Mutiso rscj
Section |Noticias Internacionales
Province |Uganda/Kenia
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