Georgina Zubiría

La vida es un don y un proceso, una oportunidad fascinante para descubrir y realizar la humanidad que nos habita impregnada del misterio de Dios; Dios que es su fuente y su horizonte, su Alfa y su Omega.

Esta certeza se ha ido fraguando poco a poco a lo largo de mi vida. Los encuentros y desencuentros, las búsquedas, las crisis, los logros y los fracasos, los gozos y los dolores, los amores y los desamores experimentados han acompañado el camino que he recorrido como mujer, como hija y hermana, como religiosa y teóloga. Un camino siempre compartido y lleno de presencias que tienen nombre, que tienen rostro y que movilizan mis afectos y mis decisiones.

Soy parte de muchas familias que hoy agradezco y celebro. Ellas conocen lo mejor de mí y, con su apoyo, lo han potenciado. También conocen mis límites, mis debilidades y fragilidades; su capacidad de perdón me regala la certeza de que siempre, siempre, es posible cambiar y crecer. La conversión del corazón y la transformación de la mentalidad es una realidad que nos constituye. Sólo así el evangelio es creíble en nuestra historia y desde nuestra humanidad.

En mi familia de sangre somos trece. Cinco mujeres, seis hombres – uno de ellos nos bendice y acompaña ahora desde la comunión con Dios -, papá y mamá que aún viven y ¡son una bendición! En su seno crecí y aprendí a convivir con personalidades muy diversas por edad, por temperamento, por historias y contextos personales. Con frecuencia nos encontramos para compartir la mesa y la vida. Esta es una experiencia en la que puedo percibir continuamente a Dios-Comunión.

En la familia del Sagrado Corazón, que incluye la pequeña Sociedad y la gran familia de quienes comparten nuestra espiritualidad, he caminado durante 33 años. En ella he aprendido y sigo aprendiendo a vivir la sororidad. Tener tantas hermanas es un enorme regalo que viene acompañado de grandes desafíos porque, vivirnos como hermanas, no se da por arte de magia. Ciertamente hay amistades profundas nacidas en gratuidad y hay relaciones cotidianas que se construyen arraigadas en el deseo de comunión y acompañadas, a veces, por un poco de esfuerzo asumido en la fe.

Desde mi pertenencia a esta gran familia se han ido abriendo puertas a horizontes, a experiencias y a opciones que, de no estar aquí, habría sido difícil conocer. Una experiencia decisiva y fundamental es la del encuentro afectivo y efectivo con el mundo de los pobres en Santa Cecilia, colonia popular de los márgenes de una gran ciudad. Mis decisiones actuales están marcadas por el deseo de Chita y Francisco, de Luis y Malú, de Tere y Memo, de Juanita y Javier y de tantas y tantos otros que anhelan una vida digna, un mundo que les ofrezca oportunidades de trabajo, una tierra en la que reine la justicia misericordiosa de Dios. El encuentro con personas que sufren las consecuencias de un sistema socioeconómico estructuralmente injusto ha acompañado mi proceso de descubrimiento y encuentro con Jesús de la historia y con su proyecto del reinado de Dios sobre la humanidad.

Mi familia de sangre y mi familia religiosa me han tomado de la mano para introducirme en mi familia eclesial: nuestra iglesia católica, santa y pecadora, llena de vitalidad en las pequeñas comunidades cristianas y llena, también, de contradicciones en sus estructuras y en su organización porque excluyen  a las mujeres y a otros grupos minoritarios. Sus discursos, aunque cargados de evangelio, no siempre vienen acompañados de acciones y actitudes que sean hoy realmente buena noticia.

Desde dentro de mi familia eclesial, a la que amo porque en ella ha crecido mi fe, he tomado conciencia de mi género. En la convivencia y el trabajo con mujeres de distintas edades y estilos de vida, de distintas culturas y creencias, he descubierto que me apasiona gastar mi vida buscando la equidad, segura de que ésta forma parte del don amoroso de Dios. Mis búsquedas teológicas, los cursos que acompaño, la responsabilildad compartida en el Centro de Estudios Teológicos de la Conferencia de Religiosas y Religiosos de México, son bendecidos por esta convicción.

Desde mi familia eclesial también ha crecido mi especial cariño por la vida religiosa, particularmente por la vida religiosa femenina. Conozco  gozos y sufrimientos de tantas hermanas que me han enriquecido con su compartir al acompañarles en su discernimiento o en sus ejercicios espirituales. El encuentro con ellas ha fortalecido la certeza de que vivimos en un tiempo fascinante pues podemos participar activamente en la construcción de una época nueva, más impregnada de evangelio y de Espíritu.

Finalmente, en cuanto miembro de la gran familia humana, he permitido que Dios modifique las imágenes suyas que heredé desde mis diversos contextos familiares. En este proceso, no exento de un doloroso silencio, María de Nazaret se ha hecho muy presente como entrañable compañera en mi camino humano y creyente.

Todas mis familias han puesto su sello indeleble en mi identidad. Soy mexicana de origen y de corazón. Amo mi tierra y a su gente; agradezco el don que Dios nos ha hecho en María de Guadalupe y con ella busco encontrarle en los márgenes de nuestros sistemas excluyentes, violentos y opresores.

Mi pertenencia a la familia del Sagrado Corazón me ha vinculado íntimamente a Jesús, a su corazón herido por la violencia, y mantiene muy viva la convicción de que, mientras el mundo sea herido por la injusticia, nuestra espiritualidad tiene un sentido lleno de posibilidades abiertas por los clamores de nuestros pueblos.

Mi opción por permanecer con mi gran familia que sufre las consecuencias del pecado estructurado ha despertado mis sentidos y ha movilizado mis energías para buscar y trabajar en favor de toda vida amenazada. La teología latinoamericana, que nació en el seno de nuestros pueblos, ha sido cuna y alimento en mi búsqueda de Dios, en mi seguimiento de Jesús y en mi deseo de vivir en fidelidad al Espíritu.

Mi identidad cristiana y eclesial me obliga a ser tercamente insistente en mi deseo de ir realizando, poco a poco y en lo cotidiano, pequeños gestos que anticipen la plenitud de vida en comunión reconciliada. La teología feminista me alienta y empuja a buscar la equidad.

Mi cariño a la vida religiosa, con la que me identifico por opción libre y lúcida, me mantiene en la certeza de que vivir este estilo de vida es posible y es plenificante.

Finalmente, mi pertenencia a la gran familia humana cultiva mi conciencia agradecida de que otro mundo es posible si desplegamos lo mejor de lo humano que nos habita.
 
 

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