Florence de la Villeon

Pasé mi último año escolar en el Sagrado Corazón porque me habían expulsado del liceo donde estudiaba y mi madre, que ya había tenido la misma experiencia con dos de mis otras hermanas, dijo: “con este expediente escolar nadie te va a admitir al último año. Sólo hay un centro escolar dónde podemos lograr que te acepten, es en el Sagrado Corazón de Nantes”. Era en ese mismo colegio que mis hermanas habían logrado entrar en mis mismas condiciones.

Durante toda mi vida quedé impactada por la difícil entrevista que tuve que pasar al matricularme, con la directora, religiosa del  Sagrado Corazón, y que terminó con esta frase inolvidable: “no es porque dos de sus hermanas han sido difíciles, e incluso inaguantables, que puedo dejar de dar a Florence una nueva oportunidad. Todo niño tiene derecho a una oportunidad. Todo joven tiene derecho a tenerla”.

A través de esta experiencia, entendí que el carisma de la Sociedad del Sagrado Corazón era éste: Cada persona es única y Cristo nos ama a cada uno. Esta mujer lo decía e intentaba llevarlo a la práctica, en su día a día, en el contacto con las jóvenes que tenían relación con ella.

Y fue gracias a esta pequeña frase : “ todo niño tiene derecho a una oportunidad”, que cinco años después entré en la vida profesional con un diploma de ingeniero electrónico en el bolsillo y que después de cuatro años en la industria, entré en el Sagrado Corazón ¡para quedarme toda la vida!

Fue  una llamada irracional, inexplicable.

Escogí el Sagrado Corazón entre otros institutos, porque buscaba la espiritualidad ignaciana, capaz de ofrecer estructuras para vivir en el mundo de hoy. Me sentía atraída por esas mujeres que sacan su energía de la contemplación y la vida interior. 

Además, las religiosas del Sagrado Corazón vivían ese mismo carisma en todos los rincones del mundo y en todas las culturas. Un corazón abierto al mundo entero pero, al mismo tiempo, capaz de estar cerca de los olvidados, de las  personas heridas por la vida, y yo lo había experimentado.

Antes de mi profesión perpetua en 1994, fui enviada a Manila. Esta fue la experiencia que más influyó en mi vida. Había descubierto la pobreza de los filipinos  cuando trabajé ahí como ingeniero, pero esta vez era diferente. El hecho de vivir con las Hermanas del Sagrado Corazón que tenían referentes culturales distintos a los míos me permitió mirar a mi entorno con una mirada “asiática”, no occidental, y darme cuenta hasta qué punto nuestras visones del mundo son diferentes, cuánto había sufrido ese país a causa de un dominio occidental. Esto me dio una “visión intercultural “, el deseo y el gusto de querer entender por qué somos tan diferentes y cómo se vive la espiritualidad del Sagrado Corazón en otras culturas.

Después de mi profesión, fui a Uganda con las JRS a encontrarme con Lolín otra religiosa del Sagrado Corazón, que tenía una larga experiencia en África, para vivir juntas durante dos años en un campo de refugiados sudaneses.

La radicalidad de nuestra vida en el campo de refugiados , en una pobreza tanto material como espiritual, me enseñaron a vivir el despojo. Acababa de hacer la profesión, de comprometerme a vivir sobriamente y sin ataduras  y me di cuenta de cuán lejos estaba de ponerlo en práctica y de cuántos hombres y mujeres vivían estas realidades sin haberlas escogido y hasta qué punto, por mi parte, seguía viviendo una vida confortable.

Al volver, busqué la manera de transmitir estas  experiencias: la de Filipinas y la del campo de refugiados, al servicio de los jóvenes. Quería darles la oportunidad de vivir la experiencia del choque de culturas, del servicio a los más desfavorecidos, tan distantes del mundo moderno. Trabajé en la Delegación Católica para la Cooperación, con jóvenes que querían entregar dos años de su vida al servicio de los países con menos recursos. Me hacía feliz el hecho de poderlos acompañar en su caminar y de poder ayudarles a superar las dificultades. Luego pasé algunos años en una residencia de estudiantes en la cual nuestra principal misión era acompañar a estudiantes de otros países, ayudándoloa a descubrir la cultura francesa u occidental.

En Francia, había también varias Congregaciones Ignacianas que se dedicaban, como la nuestra, a acompañar a los jóvenes en su  tiempo libre, ya que es un período en el cual están más disponibles. Me metí de lleno en estas actividades de verano que unen mar y oración. Con mis amigos creé los campamentos  “vida en el mar, entrar en la oración”. Como bretona, había aprendido a navegar desde muy joven  y me apasionaba  la vela. Estos campamentos de verano permiten a los jóvenes descubrir lo que es la oración en un contexto de vacaciones y de deporte, entrenándose, a la vez, en lo que constituye la vida de una tripulación: el respeto y el compartir. La vela es un deporte que educa, en el que se aprende a superarse a uno mismo, a respetar la naturaleza, a meditar. De hecho, muchas de las metáforas marinas retratan muy bien la vida interior: mantener el rumbo, lanzar las amarras, remar mar adentro, hacer escala, hacer el balance, etc. Me gusta la aventura, el aire libre, la inmensidad del mar. Hay que tener raíces profundas para ir lejos. Me gusta estar entre dos fronteras y me hace feliz pertenecer a un Cuerpo, a una familia, en la cual cada miembro del mismo me ayuda, día tras día, a descubrir el Amor de Dios para conmigo y para cada persona, sea cual sea su tarea.

Desde el 2007 soy Superiora provincial de Francia.  No hay nada que te pueda preparar a este tipo de misión. Sin embargo, mi experiencia como Consejera provincial, mis horas de escucha de los jóvenes y mi reciente estadía en Boston durante la cual seguí un curso de formación en relaciones humanas (en psicología, solución de conflictos y comunicación),  son  para mí una ayuda diaria.

Como acciones prioritarias veo la Pastoral juvenil, la presencia entre los más desfavorecidos, una comprometida y sólida vida comunitaria apostólica, el diálogo intergeneracional en la Provincia, la construcción de Europa.

En plena renovación de la Iglesia en Francia, me llama la atención el dinamismo de los jóvenes, el resurgir de nuevas  comunidades. Es difícil adaptarse a las necesidades de la juventud, a menudo, desconcertantes, pero no nos queda otra. Como decía Santa Magdalena Sofía : “Los tiempos cambian y también nosotras debemos de cambiar nuestro modo de ver las cosas ”.

 

Section |Perfiles


Province |Bélgica/Francia/Países Bajos