Lucy, exalumna del Sagrado Corazón, llegó a Roma como estudiante de intercambio, sin imaginar que su estancia daría un giro radical al enfrentarse a un grave problema de salud que marcaría su vida para siempre. Lo que siguió no fue solo una sucesión de momentos críticos y de recuperación, sino también una historia atravesada por la fe, los lazos humanos y el apoyo constante de la comunidad del Sagrado Corazón. A partir de una conversación con su madre, Jenny, reconstruimos cómo se vivieron aquellos días intensos.
¿Cómo surgió la idea de contactar con las Hermanas del Sagrado Corazón?
Siempre he estado muy en contacto con mis compañeros con los que trabajé durante años en Forest Ridge School del Sagrado Corazón. Lucy también estudió allí, así que conocemos bien lo fuerte que es la red de la Sociedad del Sagrado Corazón. Cuando empezaron a circular noticias sobre su hospitalización, varios compañeros me animaron a contactar con las rscj. Primero me pasaron el número de Mary Finlayson, luego Maria Cimperman se puso en contacto conmigo y más tarde contacté con Cuca a través de Barbara Dawson. Cada conversación con alguien vinculado a las rscj era igual: me preguntaban qué necesitaba, cómo podían ayudar, y me aseguraban que estaban rezando por Lucy, tanto en Roma como en otras partes del mundo. Para mí fue un gran consuelo. Siempre he creído que no hay una oración igual a la de las rscj.
A través de la oración, la cercanía y los pequeños gestos, la comunidad del Sagrado Corazón —en Roma y en todo el mundo— acortó distancias y convirtió a desconocidos en familia.
¿Cómo se desarrollaron los acontecimientos?
El 1 de febrero por la mañana (hora de Seattle), hablamos con Lucy y su médico y supimos que la habían ingresado en el Hospital Salvador Mundi para hacerle pruebas en el hígado. Llevaba días cansada, sin fuerzas, pero cuando su piel y sus ojos empezaron a ponerse amarillos, entendió que tenía que ir al médico.
Ese mismo día tomé un vuelo y llegué a Roma la noche del 2 de febrero. Tras hablar con los médicos, quedó claro que la situación era grave. Me reuní con mi cuñada y mi sobrino, que habían llegado antes, y nos quedamos con Lucy mientras seguían haciéndole pruebas.
A mitad de semana la trasladaron al Hospital San Camilo, un hospital público grande con unidad de trasplantes. A finales de esa semana llegó el diagnóstico: padecía una enfermedad genética, la enfermedad de Wilson, que impide al hígado procesar el cobre y puede provocar una insuficiencia hepática aguda.
La incluyeron en la lista de trasplantes y, la noche del 7 de febrero, apareció un hígado compatible. Lucy fue trasplantada apenas una semana después de haber ingresado.
Mi marido llegó al día siguiente y pudimos verla en la UCI, donde estuvo seis días antes de pasar a planta para continuar su recuperación. Permaneció ingresada tres semanas más, siempre muy bien atendida por el equipo médico, hasta que el 10 de marzo pudimos regresar a Seattle.
¿Cómo viviste esos días?
Aunque apenas tenía tiempo libre entre visitas al hospital, había un lugar al que necesitaba ir: el fresco de Mater Admirabilis, en Trinità dei Monti. Había estado allí años atrás y recordaba la paz que se siente en ese lugar. Quería dejar el nombre de Lucy en la cesta a sus pies. Allí también sentí muy cerca a la Sociedad del Sagrado Corazón, al ver la imagen de las Superioras Generales, desde Sofía hasta Claire Castaing.
No conocíamos a nadie en Roma, pero poco a poco empezaron a surgir conexiones: amigos de amigos desde Seattle, personas vinculadas a las rscj… Fue muy reconfortante compartir lo que estábamos viviendo, sentir su cercanía y sus oraciones. Los mensajes, las invitaciones… todo eso nos hizo sentir menos solos en un momento muy duro.
Recuerdo cuando conocí a Cuca, y ese abrazo tan fuerte que me dio. Ella y otras personas se convirtieron en la familia que no teníamos allí. Eso significó muchísimo para mí. Tener a una hija gravemente enferma en un país desconocido da mucho miedo. Aunque confiaba en los médicos, la situación era muy seria. Pero nunca me sentí sola: sabía que había mucha gente rezando por Lucy, por los médicos y por el donante que le dio una nueva vida.
El amor no necesita grandes gestos. A veces es justo ese pequeño detalle, en el momento oportuno, el que te recuerda que formas parte de una comunidad que vive desde el amor. Somos una sola familia en el corazón de Jesús.
¿Qué te deja esta experiencia?
Me ha hecho darme cuenta de que el mundo no es tan grande y de que, en realidad, no estamos solos. Vivíamos a cinco minutos de la Casa Madre, y poder pasar por allí, tomar un té y ver el nombre de Lucy escrito bajo el retrato de Magdalena Sofía me hacía sentir acompañada, conectada. Me daba esperanza.
Conocer a la hermana Ananda y a otras rscj que, además, tenían vínculos con Forest Ridge, fue un regalo inesperado.
¿Qué mensaje te gustaría compartir?
Como parte de la comunidad del Sagrado Corazón, siempre había entendido la misión de Magdalena Sofía: hacer presente el amor de Dios en el mundo. Pero ahora lo he vivido en primera persona.
En abrazos, en lágrimas, en una taza de té o en un mensaje, me sentí sostenida. Y eso me impulsa ahora a hacer lo mismo con los demás. El amor no necesita grandes gestos. A veces es justo ese pequeño detalle, en el momento oportuno, el que te recuerda que formas parte de una comunidad que vive desde el amor. Somos una sola familia en el corazón de Jesús.
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La historia de Lucy no es solo una historia médica. Es también un recordatorio de lo que significa pertenecer a la familia del Sagrado Corazón y vivir el espíritu de Cor Unum que nos ha transmitido Magdalena Sofía Barat. Lucy entró en esta familia cuando comenzó en la escuela, pero esta experiencia demuestra que esa pertenencia es para toda la vida.
En medio del miedo y la incertidumbre, ese vínculo se hizo real. A través de la oración, la cercanía y los pequeños gestos, la comunidad del Sagrado Corazón —en Roma y en todo el mundo— acortó distancias y convirtió a desconocidos en familia.
Creer en nuestro Cor Unum es confiar en que nunca estamos solos, en que el amor va más allá de cualquier frontera y en que incluso los gestos más pequeños pueden tener una fuerza inmensa.
La historia de Lucy nos recuerda que, cuando los corazones laten juntos, la esperanza deja de ser una idea y se convierte en algo real; el amor, en algo que se puede sentir y compartir.
Lucy McGovern en el Hospital San Camilo
Jenny, Vince y Cuca en la audiencia del Papa León
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